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19.11.11

Los testimonios de las mujeres guaraní cautivas


Las historias familiares, narradas por las mujeres con experiencias de trabajo forzoso muestran muchas características en común. La permanente sobrecarga laboral, el maltrato físico y psicológico que sufrían de parte de patrones y la pérdida de hijos, como resultado de la precaria situación de salud en las haciendas, son elementos que aparecen en sus relatos con mayor frecuencia. Por otro lado, episodios de migración intradepartamental, es decir el traslado de las familias guaraní a diferentes haciendas en los departamentos de Santa Cruz y Chuquisaca, en intentos de evitar el maltrato y mejorar sus condiciones de vida, forman parte de las historias de vida de las mujeres que disponían de mayor libertad u oportunidades para desplazarse, o simplemente lograron escapar de la situación de opresión.

Yo nací en la hacienda “Abra” donde se conocieron mis papás. A mis dos años se salieron de esa hacienda a trabajar a otra, a la “Hacienda Laurel”. Allí trabajaron 20 años porque el patrón de esa hacienda no era tan malo como los patrones en las haciendas donde habían nacido sus papás. En 1997 se salieron de la haciendo ya que el INRA les donó tierras (Comunaria de Laurel, CCCH).

Posteriormente, debido a los avances en el proceso de liberación de familias cautivas, los integrantes del pueblo guaraní empezaron a construir nuevos asentamientos y a circular entre diferentes comunidades ya establecidas en búsqueda de trabajo y mayor cantidad y calidad de la tierra.

Es importante señalar, que muchas mujeres fueron obligadas a dejar sus familias para vivir en otras haciendas o en los centros urbanos donde realizaban trabajos forzados, cumpliendo el rol de ayuda doméstica en las casas de los parientes de patrones. La trata de indígenas guaraní ha sido una práctica habitual entre los terratenientes en el chaco boliviano.

La mayoría de las entrevistadas nació en las haciendas, como sus padres y abuelos, y permaneció empatronada durante la gran parte de su vida adulta, aguantando diversas formas de explotación y maltrato. Las condiciones de vida y de trabajo eran inhumanas. Las familias “hacendadas” dormían en chozas ubicadas en zonas marginadas de la propiedad, en superficies que no superaban los 20 metros cuadrados. Según los relatos recopilados, varias generaciones de mujeres nacían y morían en la misma propiedad.

Las indígenas iniciaban su vida laboral en la hacienda con la intermediación de sus propios familiares o a partir del reclamo de los patrones quienes exigían que se les “entregue” las niñas, disponiendo de ellas como si hubiesen sido su propiedad. El rol de los cuidantes no siempre les correspondía a los padres biológicos puesto que loas niñas y niños eran sujetos a los patrones mediante los vínculos de padrinazgo. Este sistema y, en algunos casos, las relaciones familiares que de hecho existían entre los peones y sus opresores, legitimaban el control que ejercían los patrones sobre el pueblo guaraní.

Nací en la hacienda Santiago de Bañal. Mi mama nació allá también. Ella ha salido y ha venido a vivir en la comunidad y después otra vez la ha traído el patrón para que cuide al papa del patrón por una vaca. Somos 8 hermanos, mi mamita nos ha entregado. Yo me he quedado con don Salvio y mis otros hermanos se fueron con hermanos de don Salvio. No nos han puesto en la escuela. (Comunaria de Huirasay, CCCH).

Yo me he criado con los patrones, doña Rosenda Corqui era mi madrina. Cuando era niña, ella me ha recogido porque ella era mi madrina. “La voy a acoger a mi ahijada porque no sabe castellano, puro guaraní”- dijo la patrona.
A mi me ha criado ella. Cocinaba, tejía para ella, era su cocinera especial. Esta comunidad era su propiedad, se llamaba Huaraca. (Comunaria de Huaraca, CAP).


En la actualidad, la existencia de tierras disponibles posibilitó la liberación de varias comunidades, y se ha convertido en una alternativa que permite romper las relaciones de sometimiento y explotación. Sin embargo, el camino hacia la libertad plena es largo y difícil, significa establecer asentamientos nuevos y enfrentar la falta de seguridad alimentaria, entre otros retos. La decisión de salir de una hacienda implica un cambio drástico en la existencia de las guaraníes, precisamente porque no siempre disponen de condiciones básicas para iniciar una vida autónoma. Aún así, en sus intentos de construir un nuevo camino prevalece la alegría de poder cultivar su propia tierra que forma parte del territorio ancestral, recuperado luego de largos años de opresión.
Producto de conciliaciones laborales, llevadas a cabo por el Estado boliviano a partir de los hallazgos del informe “Enganche y servidumbre por deudas en Bolivia” emitido de la Organización Internacional de Trabajo en 2005, se hicieron efectivos varios pagos e indemnizaciones a las personas sujetas anteriormente al régimen servidumbral. No obstante, muchos propietarios no cumplen o cumplen parcialmente con estos acuerdos y otros varios todavía rehúyen a su responsabilidad debido al bajo nivel de control y seguimiento de las autoridades correspondientes.

A mi esposo el patrón le ha pagado 7000 bs y un caballo le prometió pero no lo entregó. “Ustedes se han sacado ropa y azúcar y eso lo fueron anotando y por eso tan poco”- dijo a mi esposo. A mí me han pagado 5000 bs. (Comunaria de Itakise, CCCH).

Un número significante de mujeres que pasaron decenas de años en régimen de semi- esclavitud a la hora de terminar su vida laboral no obtuvieron ningún tipo de reconocimiento, siendo los hombres más privilegiados que ellas en este aspecto.

Desde los 9 años y hasta la reversión seguía trabajando, hasta los últimos meses. Yo le dije al patrón: “Reconózcanos años de trabajo”. Él no quería reconocer. Estos últimos 5 años ha reconocido pero solamente a los hombres. A ninguna de las mujeres les ha reconocido. (Comunaria de Caraparicito, CAP).

Pese a los esfuerzos de la las organizaciones guaraní, dirigidos a restituir los derechos de las familias cautivas, muchas de estas mujeres están viviendo los últimos años de su vida en miseria, sufriendo por las enfermedades ocasionadas por el trabajo excesivo y sin obtener mayores resultados a la hora de reclamar los beneficios sociales que les corresponden. Otras fallecieron empatronadas, anhelando la muerte en libertad.

Mi mama en servicio de los patrones se ha envejecido, igual que su mama. Pero donde se muere uno debería ser el derecho de una persona. (Comunaria de Itakise, CCCH).

Desde 14 años he trabajado para los patrones, de ahí me casé y seguí trabajando hasta que me embaracé. A veces el patrón tenía 20 o 15 hombres trabajando y yo seguía cocinando y nunca el patrón reconocía mi trabajo. He trabajado unos 50 años y el patrón nunca me ha reconocido nada. Tengo problema con mi ojo; ya no puedo ver. Ahora ya no hago nada, estoy enferma de la espalda, ya estoy en tratamiento y el doctor me ha dicho “tanto que has trabajado por eso es así tu espalda”. No tengo buena herencia, mi marido ha fallecido hace 7 años (comunaria de La Colorada, CAP).


Aleksandra Bergier, Observatorio de DDHH y Conflictos Socioambientales

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